Redoble de tambores de una vida ya extinguida
resuenan en la cabeza de un niño que se cree señor.
El Gran Tiempo sucumbe a la efímera melodía: lo hace arrodillarse,
lo doma hasta que, retorcido en sí mismo, decide emprender el viaje de vuelta.
Tambores de guerra marchan con los generales
que sangre huelen, rejurgitan y derrochan.
Rojo caldo humano,
rojo caldo cainita.
No hay comentarios:
Publicar un comentario